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Apocalipsis

 

Este libro, al igual que el resto del Nuevo Testamento, fue redactado originalmente en griego; comienza con la misma palabra del título: Apocalipsis, que significa «revelación» (1.1). Juan, el autor, se sirve de ella para poner de relieve el carácter profético de su escrito (1.3; 10.11; 22.7, 9,10).

El Apocalipsis (=Ap.) es un mensaje dirigido, en primer lugar, a iglesias concretas, a comunidades cristianas contemporáneas del escritor. A ellas les anuncia que Cristo ha cumplido, en todos sus términos, el plan redentor dispuesto por Dios. Pero el valor de este mensaje va más allá de la época del profeta; tiene un alcance general: Cristo, vencedor del mal y de la muerte, asocia a su victoria a todos los creyentes, ya aquí y ahora, mientras están aún sujetos a las realidades del mundo actual.

El Apocalipsis testifica de la resurrección de Jesucristo, acontecimiento vertebral de la fe y del anuncio del evangelio (cf. 1 Co 15.14–17) y signo de la presencia del reino de Dios. Es un testimonio expresado en un lenguaje característico, rico en símbolos, imágenes y visiones, elementos con los que el autor compone una suerte de drama cuyo ámbito es el universo entero.

Este lenguaje corresponde al género literario llamado «apocalíptico». Los profetas del AT, como Isaías (caps. 24–27), Joel (cap. 2), Ezequiel (caps. 1 y 40–48) y, sobre todo, Daniel (caps. 7–12) y Zacarías (caps. 1–6) utilizaron ese género literario, el cual alcanzó su mayor divulgación en los medios judíos a partir del s. II a.C.

La literatura apocalíptica

La literatura apocalíptica judía surge en circunstancias especialmente angustiosas, como cuando el pueblo se halla sometido al poder político y militar de alguna nación extranjera. Esta era la situación en el s. I d.C., cuando Palestina estaba dominada por el imperio romano. En aquellos momentos, las lecturas apocalípticas venían a alentar a la gente y a renovar sus esperanzas con descripciones de un futuro próximo en el que la victoria gloriosa de Dios sobre todos sus enemigos habría de inaugurar para Israel una era de paz y bienestar sin fin.

Autor y época de composición

El Apocalipsis de San Juan aparece, pues, en una época crítica. En este caso, crítica para los cristianos, quienes, con idéntica energía moral que los judíos, se oponían al paganismo de Roma y a la religión estatal, expresada en el culto al emperador divinizado. Este era un culto que, con carácter oficial y obligatorio, se celebraba en altares y templos erigidos tanto en la capital del Imperio como en sus más lejanas provincias. Al negarse los cristianos a tomar parte en aquellas ceremonias, se les tuvo por enemigos de Roma y fueron perseguidos a muerte.

También padeció Juan, el autor del Apocalipsis, víctima de la persecución. Probablemente hacia finales del gobierno de Domiciano (81–96 d.C.), fue desterrado a «la isla llamada Patmos» (1.9), donde escribió su libro entre los años 93 y 95.

Teología del Apocalipsis

Juan se identifica a sí mismo como profeta (10.11; 22.9) y denomina «profecía» a su mensaje (1.3; 22.7, 10,18–19); pero, a diferencia de los profetas del AT, lo que él proclama es la esperanza en Cristo resucitado, «el que es y que era y que ha de venir» (1.8). Cristo, el Mesías, es «Rey de reyes y Señor de señores» (19.16), es «el Verbo de Dios», que vive para siempre (19.13; 5.14). Su regreso, ya inminente (22.6–7), señalará el principio de «un cielo nuevo y una tierra nueva» (21.1), de una nueva creación, hacia la cual se orientan las expectativas del pueblo creyente porque en ella tendrá Dios su trono (20.11; 22.1, 3), y «no habrá muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor» (21.4).

Composición literaria

La composición literaria de este libro, último de la Biblia, ha sido analizada desde diversos puntos de vista, y son muchas las propuestas que se han hecho para elaborar un esquema coherente de él.

La división del Apocalipsis en dos secciones principales es probablemente la más sencilla. La primera sección (1.9–3.22), que se caracteriza por las cartas dirigidas a siete iglesias de la provincia romana de Asia (1.4, 11), contempla la realidad de la iglesia en la perspectiva de su vida y su actividad en el mundo presente. La segunda sección (4.1–22.5) está formada por una complicada serie de visiones, cuyo argumento se desarrolla en el cielo. Sobre este fondo se van revelando las cosas que han de acontecer al final de los tiempos, cuando Dios haga manifiesto el triunfo de su reino eterno. Un prólogo (1.1–8) y un epílogo (22.6–21) completan el texto.

Otro análisis posible parte de la observación de que, entre los símbolos del Apocalipsis, hay algunos que ocupan un lugar preeminente por la frecuencia de su aparición. Por ejemplo, el número siete, que representa la perfección de los seres y las cosas. El siete es constante en los conjuntos de espíritus, candeleros, iglesias, estrellas, sellos, trompetas y plagas. Incluso el plan general del libro parece organizado sobre la base de los siete actos principales que se ven en el esquema del contenido.